Recetas para una visita a New York (1ª Parte)
Vuelta e inicio… El domingo llegué tras unas merecidas vacaciones en Nueva York. Fueron 10 noches salvajes, urbanas, de incesante caminar. Se ha dicho mucho de la ciudad y decir más podría sonar redundante…aunque, dado que la realidad existe, tal y como la conocemos, a través de la suma de las diferentes perspectivas, me siento en la obligación de hacer que esa magnifica urbe siga existiendo aportando la mía. Porque, a pesar de que estas palabras, un caracol y Nueva York “existen” no es menos cierto que su existencia no es más que la suma del consenso de las percepciones que de ellos/as tenemos. Así, como observador y ocasional participante, pretendo, humildemente, alimentar un poco más el mito…
Nueva York es como un “déjà vu”. Cuando uno llega tiene la sensación de ya haber estado allí. Y eso es, por supuesto, una trivialidad, ya que la mayor parte del cine que en este país (y otros muchos) nos tragamos proviene de EEUU… Así que sus calles, edificios, el metro, los parques y su luz son mucho más cercanas al español medio que Cuenca o Teruel. Y es que a uno le da la sensación de estar en el centro, en el cogollo del mundo. La multi-culturalidad es extrema: taxistas rusos y afganos, tiendas hispanas, infinidad de chinos y coreanos, barrios italianos y judíos…La oferta de cualquier cosa imaginable es infinita. Y, por supuesto, el nivel de servicio deja, como siempre, a nuestro país a la altura del betún. La queja funciona, la amabilidad impera.

Vista del Skyline de Manhattan
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